La encerrona – El inicio

ARIZONA – Escribo desde el sillón de la sala de mi casa, una trinchera casi sagrada en el cuartel familiar. Aprovecho la noche por que es el único instante silencioso dentro del caos de vivir al estilo “Big Brother”; en esta versión de la vida real no hay la posibilidad de nominar a mis parientes ni desahogarme en el confesionario. Qué duro puede ser esto del aislamiento y qué irónicamente bonito también.

Fue todo tan rápido que no hemos tenido tiempo de pensar. El primer caso de coronavirus en Arizona se registró en enero y, salvo la escasez de cubrebocas, no tuvo mayor efecto. Pero el diablo se soltó principios de marzo: 20 casos, cuarentena, cancelación de eventos, suspensión de clases y atrincheramiento forzado. Se vaciaron agendas y carteleras: ¡todos a sus casas! ¡No salgan!

Phoenix parece un pueblo fantasma. Los casinos no tuvieron más remedio que dejar que la casa perdiera y cerrar sus puertas; los bares también sirvieron la última copa. Los restaurantes solo atienden por autoservicio, para llevar o de entrega a domicilio; los gimnasios, estadios y zoológicos están clausurados. Poco tráfico y estacionamiento en todos lados. Ahora las reuniones sociales son de madrugada en la fila del supermercado. No hay agua embotellada ni papel higiénico, ni soñar con toallas desinfectantes o gel antibacterial. Todo el país está igual.

La paranoia vació los anaqueles y acabó con el sentido común. La pandemia no es solo por el virus, sino por los demonios internos que hemos pasado años y generaciones incubando. El coronavirus se recita en las noticias como si fuera una letanía y las redes sociales le hacen eco. El “no vaya a ser” es lo que se propaga más rápido. Y en una autocompasión nos diagnosticamos con miedo, nos recetamos un permiso descarado para delirar… y lo contagiamos con cepas de persecución.

Estamos encerrados, pero no paramos. Estamos acuartelados por el terror y no por la razón; por miedo a que nos dé y no al de no darlo. Estamos aislados por nosotros mismos. Estamos en cuarentena sin entender que quedarse en casa es un sinónimo de sensatez… aquí y en China.

No hay vacuna aún para el coronavirus, pero sí hay antídoto para el comportamiento humano; por ejemplo: saber que de los casi 180,000 casos confirmados, el 80 por ciento se han recuperado o que de nada sirve atiborrar la alacena con papel de baño.

En mi casa estamos intentando que el encierro nos caiga bien; le hemos puesto pausa al caos. Decidimos que estas semanas sin clases no serán un “aislamiento forzado”, sino un retiro artístico, espiritual y familiar.

Yo trabajaré desde la comodidad del sillón y mis hijos tendrán la libertad de colorear, crear, inventar, actuar, cantar y sacarme de las casillas.

Es cuestión de perspectiva: decidimos hacer la cuarentena divertida, por nosotros y por los que más queremos.

A mí también me servirá este estate quieto obligado… a pesar de toda la ansiedad que me causa el silencio y la estática. Qué raro esto de no empacar ni viajar, de ver vacía la agenda, de no tener prisa ni a donde ir. Qué delicia pasar el día en pijamas y conquistar el mundo con la cara lavada. Tengo suerte de poder quedarme con ellos, aunque proteste mi cuenta bancaria. Qué dicha que evitar el contagio nos resulte, después de todo, algo tan grato.

 

Nota publicada en marzo de 2020.

Un comentario

  1. Un buen tema. Nos acoplamos a algo tan común que no era de tantos días. Y no acabamos de Acostumbrarnos. Utilizaré cada espacio para planear nueva vida.Saludos.

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