Niños migrantes: La pesadilla de la hielera

ARIZONA – Nunca he pasado una noche en “la hielera”, pero siento que he estado ahí al menos 56 veces. Antes me costaba trabajo imaginarme la zozobra de la que hablan tantos, pero ya no. Con una entrevista tras otra he podido rellenar los huecos en la memoria: Allá, en esa esquina vacía, ahora veo a los niños apilados unos sobre otros; en aquel extremo, veo el vaso sucio por el que han pasado tantas boquitas, y, entre las rejas, acomodo los rostros de los pequeños con los que he hablado el último año y medio. Ya no hay nada pulcro o silencioso en mi imaginación, salvo el uniforme del oficial que está a cargo del tour de medios.

 En mi grabadora tengo el testimonio de decenas de niños migrantes que pasaron por algún centro de detención en su cruce a Estados Unidos. La más grande tiene 13 años; el más pequeño, menos de 5. Todos marcados por la separación, el trauma y el frío. Ninguno sabe en dónde poner ese dolor o la rabia que no los suelta. “Quisiera venganza”, dijo uno. “Que los encierren a ellos, a ver si aguantan”,exclamó otro. “Yo quiero que mi mami ya no llore cuando me ve dormido”,confesó el más pequeño.

 Hay niños, como E., que salieron hace más de un año, pero la pesadilla no los deja. A medianoche sale corriendo a buscar los brazos de su padre, se acurruca y apretándolo con firmeza deja que el sueño venza sus miedos.

¿De qué te acuerdas?”, le pregunto.

“De que olía feo y tenía mucho frío… y que no estaba mi papá”, llora.

El pequeño, que está por cumplir 11 años, recuerda una picazón en la cabeza que se le colaba por todo el cuerpo; la ropa sucia; la entrepierna pegajosa; el crujir de las tripas; los pies helados; la panza hinchada por el aire que le daba pena liberar; las uñas largas y unas manos tan asquerosas que le hubieran valido un par de nalgadas de su mamá.

Un hondureño de 11 años recuerda que cruzó por el río y se entregó a “la migra” en Texas con la ropa mojada.

“Yo les decía que traía los pies mojados y llenos de tierra, pero no me hacían caso y así duré una semana… y con el frío que hacía ahí, ¡ay, mamita!, pues nunca se secaron”, relató.

Cruzó la frontera solo, no por mera voluntad, sino porque la muerte repentina de su padre en Honduras lo obligó a reencontrarse con una madre a la que no veía desde que tenía un año.

“Fue muy duro todo, pasar por México, ufff, y la hielera es una cosa horrible, éramos muchos niños y no cabíamos, decía que era como para 50 y éramos como 200”,contó.

Todos usaban el mismo baño y el mismo vaso para tomar agua; ninguno se duchaba. Cuando le pregunté que si se había lavado los dientes, me contestó con una sonrisa burlona: “no teníamos papel para el baño, ¿uste’ cree que había pasta de dientes? Pucha, se nota que nunca ha estado ahí”.

Para S. lo más traumático de su paso por “la hielera” fue su descubrimiento de mujer. Estando encerrada con su mamá la sorprendió su primer periodo. Ya había tenido esa conversación como adulta con su madre, cuando empezaron a rondarla los chavales por las curvas cada vez más marcadas, pero no se lo esperaba así; a ella le ilusionaba esa primera vez.

“Pero ahí no hay privacidad, ni jabón ni toallas, me tuve que tapar la mancha con el suéter por cuatro días… y cuando se acababa el papel…”.

La guatemalteca de 13 años se apena al recordar que se limpiaba con su ropa o la que le prestaba su mamá y luego intentaba dormir tapada, con la misma ropa ensangrentada, para “no morir congelada”.

“La hielera” es para los niños migrantes más aterradora que el Cucuyo la Llorona, es un monstruo real que les tocó vivir, es la pesadilla que sí existe y se vive, es como el rostro de la miseria humana en cuatro paredes, atiborrada y apestada. Pero esta, a diferencia de las leyendas, en tan real como sus recuerdos. Ellos ya vivieron lo peor y les duele mucho contarlo.

2 Comentarios

  1. Jill dice:

    Q podemos hacer para ayudar

    1. Estar informados y dar eco a sus historias, desde mi trinchera. Pero en el ámbito local, quizá haya organizaciones a las que pudiera ayudar.

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