¿Dónde se guarda la esperanza?

¿Dónde está la esperanza?, esa fue la pregunta que el moderador le hizo al productor de Radio Ambulante, Daniel Alarcón, y a la artista chilena Javiera Mena, en un evento de arte en Phoenix.

Hubo silencio.

¿En dónde ponen ustedes sus sueños?, insistió.

Los reflectores parecieron moverse para iluminar a todos, de uno por uno. Era una pregunta para ellos, los famosos, pero se sintió muy directa y personal.

Se impuso el sigilo.

Fueron palabras lanzadas como curva que pocos sabían cómo contestar; no tenían porqué hacerlo, pero el escucharlas tan simples y poderosas hizo que se removieran incómodos en sus asientos. ¿Cómo se atreve a preguntar en dónde se guardan los anhelos más secretos de individuos que disimulan con la sociedad? Se habla de luz, por que en la vida y en el arte es muy difícil admitir la genialidad de las sombras, sí, en donde se esconde la desesperanza.

¡Qué inoportuno! No se sacuden los deseos justo antes de dormir, no; la mera posibilidad de alcanzar lo que se quiere con el alma, desvela. ¡Brillante!

La pregunta se quedó en el aire; los que estaban en el escenario la contestaron a medias y acallaron sus conciencias escuchando “Alma” en la seductora voz de Mena, que unos días antes había cautivado al público de Coachella.

Se acabó la música y prendieron las luces; salieron los espectadores y sus fantasmas; se habían llevado la pregunta arrastrando como una sombra pesada, impuesta, necesaria.

¿Dónde está la esperanza? ¿Dónde se guarda? ¿Quién la cuida? ¿Qué cara tiene? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué la mata? ¿Resucita? ¿Respira? ¿Quién la alimenta? ¿Quién la secuestra? ¿De cuánto es el rescate? ¿Es una o son muchas? ¿Es obligatorio tenerla? ¿Son raros quienes no la sienten? ¿Se hereda? ¿Se adoctrina? ¿Se dice en voz alta? ¿Podría ser universal? ¿Se comparte? ¿Se le da ‘me gusta’? ¿Es sinónimo de fe?

Según la definición del diccionario, esperanza es “el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”. No especifica si es buena o mala, bien intencionada o perversa. Quizá es las dos y por eso todos –o casi todos- tienen al menos una.

Pensé en dónde está la mía. Lo más sencillo sería responder con la trillada cursilería del corazón, que –para ser honesta- tengo que admitir que es ahí en donde al final acumulamos todo. Pero no. Mi esperanza no está ahí; la tengo en los sentidos. Ahí la escondo. Ahí la protejo, con mis ojos, con mis dedos, con mi olfato, con mis oídos y en mis labios. Es una con muchos matices y muchos rostros.

La mía brilla en los ojos de mis hijos y se expone en sus carcajadas; está en la sonrisa chueca de mis amores y en sus brazos fuertes que me sostienen cuando pierdo la fe. La veo asomarse en la ética de jóvenes periodistas de las nuevas generaciones que no se doblan ante el ego ni el dinero ni los medios o la fama; la encuentro en la mirada de los migrantes que llegan con miedo y con sueños; la hallo en las lágrimas y las noches de plegarias. La veo en las historias que cuento y las que me gustaría poder relatar.

A veces no soy yo quien la guarda; me la cuida mi familia y mis amigos, mis mentores, mis fantásticas, las mujeres de mi vida, los colegas que no me sueltan, mis hermanos de notas y memes, los proyectos en el tintero, las producciones con las que siempre había soñado, los documentales ya filmados, en el olor a periódico recién salido de la imprenta, e incluso en los que me velan desde el cielo, mi padre y Dios. Ahí pongo mis sueños. Los reparto.

¿Dónde está la esperanza?, preguntó el moderador.

La mía está en mis palabras y en mis querencias; en las lágrimas y en las carcajadas; en la familia y el amor; en la inocencia y la capacidad de asombro; en la historia y la ilusión de un futuro; en mis letras.

Ahora, ¿cuál es mi esperanza? Esa está en mis silencios.