Lágrimas, caos y protestas: El efecto Trump

Con su gorra negra bordada con letras doradas, Mario Miramontes le gritaba al mundo que era un veterano; su orgullo se notaba en sus gestos, caminar, y acompañantes. Él y sus dos amigos portaban playeras con el nombre de Trump; sus amigas traían la bandera estadounidense en diferentes prendas y accesorios. Viajaron desde California para demostrar que no todos los hispanos están en contra de Donald Trump; al contrario, aseguran que es uno de los pocos presidentes que se pueden identificar con los valores conservadores de los latinos.

-Él es el líder que necesitábamos-.

 

 

Reyna Montoya apenas podía controlar sus rizos rebeldes trenzados sobre sus hombros. Ella no lucía tan fresca como los “amigos de Trump” que acababan de salir del mitin en el Centro de Convenciones de Phoenix, la noche del martes. En su nariz se marcaban los lentes de sol que con el sudor se empecinaban en resbalarse. Su rostro estaba enrojecido, pero seguía sonriendo. A sus poco más de 20 años, la “soñadora” se ha convertido en una activista a favor de un cambio en las leyes de inmigración a favor de las familias indocumentadas. Ella misma está en un limbo que puede convertirse en un infierno, si el presidente Trump suspende el programa de Acción Diferida el próximo 5 de septiembre.

-Seguimos luchando y esta lucha no va a parar nunca-.

 

Los tambores y las flautas se callaron un par de horas antes de que se pusiera el sol. Eran los miembros de las tribus ancestrales los que se habían plantado afuera del recinto donde Trump daría su discurso, uno que sería más como parte de un acto de campaña que de una visita presidencial. De diferentes etnias, con distintos pasados y con el mismo coraje, repetían que en sus lenguas natales no existen las fronteras y con desesperación intentaban explicar que en su vocabulario no hay una palabra o definición para el muro.

-No somos ilegales, no somos criminales, somos trabajadores de pueblos ancestrales-.

 

Dijo llamarse John. Sus ojos azules clavaban la mirada en las pieles morenas; las veía con asco, con superioridad. No gritaba; tampoco traía pancartas… solo observaba. No daba entrevistas a los morenos, repetía, y después de un rato bajo los mismos rayos abrasadores del sol, escupió un par de insultos y atravesó la barricada; volvió con los suyos, al otro lado de la calle, a su zona segura, a ese lugar donde los supremacistas se habían instalado para saludar a los asistentes simpatizantes.

-You are disgusting! -.

 

Cuatro perspectivas opuestas se cruzaron como los puntos cardinales al atardecer del 22 de agosto en Phoenix, Arizona. Sus historias se entrelazaron en gritos, bullicio y cánticos, mientras él los observaba. Su nombre era José Patiño y traía una camiseta brillante con las palabras “legal observer” pintadas con letras grandes. Su función era monitorear que las protestas afuera de centro de convenciones fueran pacíficas, que las autoridades no abusaran de su poder, que el uso de la fuerza fuera necesario y no violento… pero no fue así.

 

Al terminar el discurso del magnate republicano se caldearon los ánimos. Algunos comenzaron a recorrer la calle Monroe con la misión de llegar al Capitolio Estatal para seguir con la protesta. Los que estaban del lado de los “anti-Trump” comenzaron a movilizarse entre la confusión, sin percatarse que decenas de agentes de policía aseguraban el perímetro portando escudos, cascos y bombas.

 

Entre la conmoción y la adrenalina se escuchó un disparo y luego otro. Hay diferentes teorías de quién empezó y porqué. La marcha pacífica se convirtió en segundos en una revuelta que nubló juicios y conciencias. Y después llegó la nube amarilla.

-Stay back, stay back!-.

 

Algunos manifestantes comenzaron a arrojar botellas de agua y piedras a los policías, que respondían con mis bombas de gases lacrimógenos y petardos, uno tras otro. Era difícil ver, respirar, atestiguar, actuar y juzgar… ni qué decir de hablar. Eran apenas las 8:00 de la noche.

 

La brillante camiseta de José se opacó con la neblina tóxica; las trenzas de Reyna se perdieron; John escapó, los nativos desaparecieron y Marcos celebró. El centro de Phoenix se había combatido en un campo de batalla ideológico y físico que solo fue sometido con el uso de la fuerza; para la mayoría excesiva, para la jefa de Policía, oportuna.

-They did what they had to do-.

 

En el medio del caos, se oían los gemidos de un niño de alrededor de 3 años que portaba una camiseta que decía “F%& Trump”. No entendía lo que pasaba, ni porqué le ardían tanto los ojos. No podía hablar, el gas se le había metido hasta el estómago y trataba de controlar su vómito. Su mamá presurosa lo jalaba de la mano, como intentado arrastrarlo a la paz, y él se dejaba, necesitaba una tregua, estaba cansado y mareado.

-Apúrate, mijito, ándale, rápido, rápido, cierra la boca-. 

 

Unos minutos de silencio, luego provocaciones de los manifestantes ardidos por el actuar de la policía… algunos ofuscados por la indignación, otros por las hierbas y algunos más por el mero deseo de crear caos. Pero eran los menos; los más extremistas podía contarlos uno con la mano. La mayoría de los que acudieron a la protesta levantaron los brazos en señal de paz, retrocedieron, despejaron la zona, pidieron respeto; solo unos cuantos se empecinaban en escalar la situación. Y así fue.

-Racists pigs!-.

 

Hubo cuatro arrestos: tres adultos y un menor.

 

Iban a ser las 9:00 de la noche cuando la policía sacó la artillería pesada. Una bomba tras otra, blancas y amarillas, ambas putrefactas y tóxicas. La zona se vació. Los rescatistas intentaban cubrirse y brindar socorro al mismo tiempo; ni siquiera el calor había causado tanto malestar. Los policías siguieron en alerta, en guardia, y las calles empezaron a despejarse. En una hora solo quedaba el olor, el ardor, los medios y los tuits.

 

El discurso del presidente había sido relegado a un segundo plano; las protestas le robaron la poca atención que había obtenido el mandatario al hablar del posible indulto presidencial a favor del exsheriff del Condado Maricopa. Para muchos, fue Arpaio el único que le dio unos cuantos minutos de gloria. Duró más la sensación del gas lacrimógeno en el aire, que el de sus palabras… y a esto algunos le llaman el efecto Trump.